"No, las películas de Hollywood jamás volverán a ser mejores de lo que ya han sido". Es lo que muchos pensamos y sobre lo que Mark Harris nos advertía en un excelente artículo escrito para la revista GQ y titulado "The Day the Movies Died". En él nos prevenía principalmente sobre un mal ya conocido, pero lo hacía de forma estimulante y reveladora, utilizando el efecto "Origen" como hilo conductor para demostrarnos que las películas ya no son concebidas como obras, sino como marcas. Productos que ya no están destinados, como siempre lo ha estado el cine comercial, a contar historias. El cine ha sido devorado por el marketing. Hollywood se ha convertido en una institución mucho más interesada en lanzar y promocionar al próximo action-hero o la nueva franquicia, que la próxima buena película. La cuestión hace tiempo que dejó de ser "si la película será buena o no" para pasar a ser si "la película puede ser vendida o no". Prueba de ello son las 27 secuelas con las que Hollywood nos obsequiaba el pasado año, batiendo así, y de forma muy preocupante, todos los records establecidos hasta la fecha. Lo se, no estoy contando nada nuevo, aunque si nos atenemos al efecto "Origen" entramos en el verdadero quiz de la cuestión, en aquello que resulta 'novedosamente' preocupante. El cine comercial está enfermo y aunque asome un posible antídoto, la industria le da la espalda limitándose a la búsqueda de un atajo que le lleve directamente al dinero. Así es, podemos escudarnos en el 3D, en la época de los Oscar o en los box-office veraniegos para afirmar que las películas están más vivas que nunca. Pero ya no son películas, son marcas, son un packaging que únicamente responde al deseo comercial y no al artístico. No estamos tan lejos de aquella época dorada de los años 70, donde películas como "Bonnie & Clyde," "Taxi Driver" o "Cowboy de Medianoche" salvaron una industria abocada al abismo, una industria que en aquel momento supo valorar las nuevas puertas que directores como De Palm









